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San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina

martes, 1 de septiembre de 2009

Ruidos

Sin querer en realidad hacerlo, me asomo y veo la hora en el reloj despertador de la mesita de luz, son casi las cuatro, lo que significa que me quedan unas cuatro horas antes de tener que levantarme. El no poder dormir es una sensación horrible, y más cuando se sabe que cada minuto perdido en ese dar vueltas en la cama será un minuto de sueño anhelado a la mañana siguiente.
Lo más curioso del insomnio es cómo el cansancio genera que la mente divague ante cualquier influencia del medio exterior – o interior – cambiando con increíble facilidad el tema en el que se está pensando. Y sí que es una noche para sentirse influido, mientras afuera se siente que la puta gata del vecino está otra vez en celo, adentro el televisor comienza a hacer los ruidos característicos de que se enfría y contrae hasta tomar su “tamaño original”. Los ruidos me hacen pensar que de haber sido más chico, el estar sólo en una casa tan quejosa sería aterrador, pero, ¿por qué es que siendo adulto no se tiene el mismo miedo que se tenía de chico?, más allá de que se pueda tener más o menos imaginación, debe haber un aferro a la vida que solo se tiene en la juventud… o cuando se está enamorado, mejor dicho, cuando se está con esa persona de la que uno se enamoró… aunque dependería de en que circunstancias se está con esa persona… ¡toc!, una contracción particularmente estrepitosa del televisor me hace caer en la cuenta de que terminé pensando en el amor, que idiota, que mucho me va a costar levantarme mañana.
Con aquel último ruido noto también que el animal ya no maúlla más, y siento un gran alivio, que es en realidad exagerado porque tampoco es que molestara tanto, sin embargo me da esperanzas de una inminente dormida. Lo que no logro comprender es ese otro ruido que siento bajo la cama, y por un momento pienso con melancolía en mi gato, que tanto me gustaba su compañía. Pero a medida que ese sonido aumenta, la nostalgia es reemplazada por un nerviosismo que poco a poco se va traduciendo en un verdadero miedo. Cuando cesa puedo escuchar a mi corazón, que late descontrolado, pero es tanto el terror que no puedo moverme para averiguar que está pasando, ni siquiera puedo levantarme y huir. Entonces es que, como si hubiera sido solo el ojo de la tormenta, el ruido se torna insoportable y la colcha empieza a ser tirada hacia debajo de la cama, llevándome a mi con ella. Es tanto mi miedo que con un sobresalto descubro que nada de esto tiene sentido y que debo haber logrado dormirme, tan eficientemente que estaba ahora soñando. Es mas, cuando me tranquilizo un poco descubro que soñé esto más de una vez durante mi infancia, ahora lo único que tengo que hacer es hacer fuerzas y despertarme, porque a pesar de haber descubierto que ya no estoy despierto, la colcha sigue siendo tirada.
Estando ya al borde de la cama, con el ruido todavía ensordecedor, y un momento antes de proceder a despertarme se me ocurre que, ahora que ya no soy un chico, podría dejarme llevar para poder saber qué era eso que tantas noches me perturbó. Con un giro y un golpe seco caigo al piso, lo que causa que quede de costado con la cara mirando hacia ese lugar tan oscuro, y de donde salen tantos y variados sonidos. Por la forma en que caí, sigo aún sobre la sábana por lo que empiezo nuevamente a ser arrastrado, pero algo renovó mi miedo, quizás algún nuevo sonido que de arriba no podía percibir, o simplemente esa densa oscuridad que no me permite ver hacia qué estoy siendo llevado. Antes de empezar a adentrarme, mis pulsaciones están tan aceleradas que me arrepiento de mi decisión y opto por comenzar a despertarme, y empiezo a repetirme “despertate, despertate, despertate”… pero una vez adentrado, el ruido –y el miedo- no permiten que me concentre y es ya demasiado tarde.