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San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Tiempo

Sin dudas lo más terrible es la oscuridad. Ya más de cien veces dormí, y más de cien desperté y todavía sigo atrapado en el más eterno de los segundos. La última vez que medí (unos diez “días” atrás) en el mundo habían transcurrido unas millonésimas de segundo. En pocas palabras: el tiempo prácticamente se detuvo. Pero no, claramente esto no es como en las películas y series de ciencia ficción que siempre disfruté. Como sabemos, somos capaces de ver porque la luz se refleja en las cosas y nos llega a los ojos, y así como la luz del sol tarda siete minutos en llegar a la tierra, la luz que se refleja tarda un determinado tiempo en llegar, por ejemplo, de la pared a nuestros ojos para permitirnos verla. Sin embargo desde aquel día, la luz tarda lo que para mi percepción es un día entero en recorrer un milímetro, con la consecuencia lamentable de que cada vez que me quedo quieto utilizo la energía del ahora lentísimo rayo de luz, e inmediatamente todo, absolutamente Todo, se oscurece. Es por eso que la única forma de no permanecer en una oscuridad absoluta es si estoy en movimiento. Paso el tiempo, mi lentísimo tiempo, recorriendo la ciudad con la cada vez más desvanecida esperanza de que todo vuelva a la normalidad. Siempre elijo un nuevo camino para evitar las zonas por las que ya pasé (pues en ellas solo hay oscuridad) y a causa de esto he visto cosas que hubiera querido no ver y he llorado por otras que siento que no volveré a ver. Hay lugares que simplemente evito por temor a perderlos, y que solo visito cuando la desesperación y la tristeza es máxima; Uno de ellos es la casa de mi novia, que afortunadamente estaba en su vereda cuando mi tiempo se detuvo, y digo fortuna porque porque eso me permitió buscar maneras de observarla a la distancia, pues no soportaría la idea de verla de cerca y saber que no la podría volver a ver. A causa de esto hay a su al rededor un perímetro de oscuridad, al que debo llegar con dificultad para poder verla unos instantes, reduciendo así aún más las distancias y ángulos en los cuales todavía puedo encontrar la luz que alguna vez se reflejó en ella. En cuanto a mi subsistencia, por alguna razón que desconozco no necesito comer, lo cual es una suerte pues tampoco puedo levantar los objetos debido a que el mundo sigue funcionando y para él soy un ser que se mueve a casi la velocidad de la luz, por lo que cuando los intento levantarlos a tal velocidad, estos aumentan muchísimo su peso. Para dormir debo conseguir algún lugar abierto en el cual pueda ir cambiando de lugar mientras duermo pues también la temperatura se consume en el lugar en el que me quedo quieto, volviéndose cada vez más frío. Otro increíble fenómeno de este mundo que hoy vivo y sufro, es el de la gravedad, que al igual que todo lo demás demora en actuar, por lo que al estar parado en un mismo lugar consumo la energía del campo gravitatorio y me libero del mismo, es decir, si salto en un lugar en el que ya lo hice antes, quedo suspendido en aire. Con esto último y un poco de esfuerzo, puedo transportarme tanto por el suelo como en el cielo. La motivación que me llevó a ingeniarme para escribir esto, que espero alguna vez puedan decodificar, es que esta maldición que hoy sufro, estos cien días de martirio, sean más que simplemente un milisegundo de frío en la gente a la cual le pasé cerca, cuan fantasma. Y quizás justamente eso soy ahora, un fantasma más, y todas las historias de escalofríos repentinos, visiones y objetos que flotan no son más que la obra de pobre gente que sufrió lo que yo, que pasando cerca de algún ser querido le quita su calor, o que parado un rato en la oscuridad, rendido ante el sufrimiento genera así una fugaz visión. Gente que quizás no encontró esta extraña forma que me permite contar esto, o quizás sea que lo lograron pero todavía nadie fue capaz de encontrarlo, o peor, que esto no sirva y mi mensaje se pierda para siempre. Ahora que ya hice todo lo que pude por salir de esto, y que la tristeza es demasiada, no me queda más que intentar matarme con la esperanza de que bajo algún exceso de actividad cerebral, como el de una caída desde un edificio, todo vuelva a la normalidad. Siempre con la esperanza de que fuera posible morir en mi situación, de lo contrario deberé vagar por el mundo eternamente en busca de alguien a quien pudiera haberle pasado lo mismo. Y si no pasara, si al tirarme no volviera a la normalidad, o bien si la gente del hospital desde el cual salte no pudiera salvarme, al menos terminar con esto ya significaría un triunfo.