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San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina

lunes, 23 de abril de 2012

Metamorfosis

Anochecer perfecto, la luna se encuentra completamente tapada y continúa la larga sequía veraniega. Me despierto, pero no por la perfección de las condiciones climáticas, ni por la saciedad de sueño, sino por un sentimiento terrible, nuevo, insoportable. Intento con algo de dificultad abrir los ojos, tanto me cuesta como si esos ojos no fueran míos, logro finalmente acomodar la vista, enfocar, observar y descubro el horror. Pretendo despertar de esa pesadilla, cierro esos ya extraños ojos con fuerza como quien quisiera darse cuenta que en realidad sigue dormido. Y prefiero mantenerlos cerrados, ya que al abrirlos solo puedo ver ese horror. Es en ese horror que descubro que mis patas han desaparecido como por alguna maldición, y pienso en una maldición ya que ni siquiera hay rastros de amputación, ni dolor, simplemente, en vez de ellas encuentro solamente cuatro, pero pálidas y aparentemente inútiles, unidas a un cuerpo igualmente pálido e inútil. Esas nuevas extrañas patas tienen en sus extremidades unas extensiones que se mueven desesperadamente en todas direcciones. A todo esto yo sigo acostado ya que no parece que vaya a ser para nada fácil controlar éstas nuevas partes, ni tampoco quisiera levantarme aún ya que todavía tengo la esperanza de seguir dormido. Cuando pretendo moverme lo hago con lentitud y torpeza ya que las extremidades son demasiado pesadas y mi cuerpo demasiado liviano, y sobre todo, lo que más me preocupa es que, además, pareciera ser terriblemente frágil. Volar me resulta utópico ya que no veo donde pudieran haber ido a parar mis alas, y no creo q estés resguardadas en aquel cuerpo delicado. Temo los golpes de aquellas ahora descontroladas patas contra mi pecho, empero descubro luego, con gran alivio, que ese cuerpo al menos tiene una extraña dureza interna, dureza que genera una presión que pareciera ser la causa mayor de este sentimiento terrible. En resumidas cuentas, me encuentro entonces acostado, con esta dureza interior presionándome y al mismo tiempo una fragilidad externa que me tiene preocupado. Mis patas se mueven ahora en forma mas regulada, pero sus respectivas cinco extremidades no parecen dispuestas a detener nunca su frenético movimiento. Una vez habiendo renunciado a la idea de que efectivamente estoy despierto, comienzo la misión de darme vuelta e intentar colocar aquellas ya más controladas nuevas e inútiles patas en la tierra. Extrañamente el tamaño más angosto de mi cambiado cuerpo me facilita el giro, inclusive me resulta más fácil que con mi antiguo cuerpo. Al poner la presión de todo mi peso sobre las cuatro patas logro al menos detener bastante el movimiento de las veinte pequeñas extremidades, que aún se mueven, pero sin mucho éxito. Con una concentración que antes me hubiera partido el cerebro en dos, sincronizo las patas para avanzar hacia el borde de la piedra donde decidí dormir en aquella ya muy lejana noche anterior, para poder bajar y así aproximarme al lago, a tomar un poco de agua. Y lo consigo, avanzo. Al apoyar las patas piso las descontroladas extremidades y eso me proporciona un dolor punzante al que hago caso omiso ya que siento la urgencia de revitalizarme con esa agua. Cuando al fin llego al borde de la piedra, sucede algo completamente inesperado, esas inútiles y asquerosas extremidades no se aferran a la pared de la piedra, sino que, todo lo contrario, resbalan propinándome un golpe y una caída de muchas veces mi altura hacia tierra. En mi desesperación intento con fracaso sacar unas inexistentes alas y mi recorrido termina indefectiblemente con mi cuerpo chocando contra el suelo. Para mi pesar estaba en lo correcto, éste inservible cuerpo es frágil como el cristal, toda aquella dureza interior que me daba sensación de presión, ahora me produce un dolor insoportable, ya que aparentemente se quebró en aún más partes de las que tenía. Luego de chocar mi cuerpo, le siguió mi cabeza –en ese momento descubrí la inconveniencia no tener la cabeza incorporada al cuerpo- que chocó con una piedra de escaso tamaño pero produciendo un corte profundo. Con la vista nublada distingo, además de que ya las partes no se mueven en lo mas mínimo, que un líquido espeso y de un color fuerte fluye por distintas partes de mi cuerpo, especialmente del corte en mi cabeza. En mi agonía concluyo que efectivamente tiene que haber sido una maldición, ya que no puede tener otra fuente sino demoníaca el hacer a una criatura tener que sufrir un cuerpo tan inútil y tan frágil.